Las Malas Palabras
Al igual que las comunidades que las utilizan, las lenguas son entidades cambiantes o, como ya lo decía Ferdinand de Saussure, ríos que fluyen, con mayor o menor velocidad, incesantemente. Y estos cambios se deben a diversos motivos enmarcados en cuestiones geográficas, en la diversidad cultural de los países y regiones, en sus acontecimientos sociales, políticos, económicos, tecnológicos, etc. Es por ello que, con el transcurrir del tiempo, una misma lengua puede tomar caminos un tanto diversos en distintas regiones. En el caso específico del castellano (y de los términos vulgares e insultos a los que se refiere este glosario), vemos cómo la misma lengua varía de un país a otro del continente americano, llegando a dificultar la comunicación en algunos casos.
Los insultos y los términos vulgares (que no siempre son insultos) parecen ser un común denominador de todas las lenguas y, dentro de cada comunidad lingüística, de todos los estratos sociales. Sus orígenes vienen de la mano de la génesis misma de las lenguas y de la propia naturaleza de los hablantes, quienes encuentran en ellos una de las formas más primitivas de referirse a ciertas realidades del mundo que los rodea, en especial a aquellos temas que son considerados tabúes para la sociedad. Sin duda, es el sexo y sus temas afines los que parecen ser la mayor fuente de inspiración para la creación del más bajo registro lingüístico de la comunidad.
Desde el punto de vista psicológico, el insulto, por ejemplo, es la manifestación explícita de cierta carga agresiva de la persona que lo profiere. Ciertamente constituye una de las formas más directas de exteriorizarla y suele presentarse como reacción o respuesta inmediata a la causa que lo genera. Aunque esta causa puede ser de diversa índole, generalmente se trata de algo doloroso, como una situación frustrante (Ej. pérdida de un examen), dolorosa físicamente (Ej. una herida) o emocionalmente (Ej. enfermedad de una persona querida), o de una rivalidad o enfrentamiento con el prójimo. Lo cierto es que luego de proferir un insulto, más allá de los sentimientos de culpa que puedan generarse, un sentimiento de alivio suele ser una constante.
Hay un texto de la carta de San Pablo a los Efesios que llama mucho la atención. Dice así: “Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que habléis sea bueno, oportuno, constructivo y provechoso. No entristezcáis al Espíritu Santo” (Ef 4, 29-30).
Sería interesante que nos explicasen en qué se concreta eso de las “malas palabras” El término “malas palabras”es muy amplio. Son muchas las formas en las que se puede pecar con “la boca”. Aunque sea brevemente, y principalmente ayudándonos del Catecismo de la Iglesia Católica, vamos a hacer un elenco de los pecados de “palabra”, sabiendo que se distinguen de los pecados de “pensamiento”, “obra” y “omisión”:
Blasfemia: “Consiste en proferir contra Dios palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios”
Mentira: “Consiste en decir falsedad con intención de engañar”. Los motivos principales de la mentira suelen ser la vanidad o la cobardía; y una de sus consecuencias más nefastas es la pérdida de confianza.
Falso testimonio y perjurio: “Una afirmación contraria a la verdad posee una gravedad particular cuando se hace públicamente. Ante un tribunal viene a ser un falso testimonio. Cuando es pronunciada bajo juramento se trata de perjurio”
Palabrotas: Se trata de expresiones groseras y bastas, con las que se pretende muchas veces reafirmarse visceralmente en las conversaciones, hacerse el duro o el gracioso. Además de esconder un deseo de notoriedad, esta forma de hablar también suele denotar la falta de personalidad de quien se deja contagiar fácilmente por su entorno.
Insultos: Se trata de palabrotas dirigidas al prójimo con la intención de ofenderle. En consecuencia, atenta directamente contra la virtud de la caridad.
Calumnias: “Palabras contrarias a la verdad, que dañan la reputación de otros, dando ocasión a juicios falsos respecto de ellos” El perdón del pecado de calumnia exige reparación. Por desgracia, la calumnia, una vez que se ha lanzado, es difícilmente reparable (“calumnia, que algo queda”); de ahí, entre otras cosas, la gravedad de este pecado.
Juicios temerarios: “Es admitir como verdadero, sin tener para ello fundamento suficiente, un defecto moral en el prójimo”. En efecto, con frecuencia se hacen afirmaciones del estilo de “seguro que?” en las que, por mucho que se hable en tono jocoso coloquial, se están cometiendo juicios temerarios. Al igual que la calumnia, también requieren de restitución.
Maledicencia o críticas: “Consiste en manifestar los defectos y las faltas de otros a personas que las ignoran, sin razón objetiva que lo justifique”. En ocasiones pueden darse circunstancias que justifiquen el que se cuente algo negativo de otra persona, como es el caso de un padre que quiere apartar a su hijo de una mala compañía; pero en la mayoría de las ocasiones las críticas suelen tener motivaciones inaceptables: envidias, rencores, o simplemente pasatiempo.
Hipocresía: Es una falta de transparencia en nuestras palabras, tendente a mantener una duplicidad o una simulación, fingiendo sentimientos o virtudes, por resultar de interés ante la persona con la que se habla.
Adulación: Es una alabanza exagerada o sin motivo, con el objeto de agradar o captar la atención de una persona. “La adulación es una falta grave si se hace cómplice de vicios o pecados graves”
Vanagloria o jactancias: Es una alabanza presuntuosa de uno mismo. En el fondo, supone apropiarnos indebidamente de la gloria de Dios.
Indiscreciones: “Los secretos profesionales deben de ser guardados, y las confidencias no deben de ser divulgadas, especialmente cuando son perjudiciales para otros. Se debe guardar la justa reserva respecto a la vida.


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